Esta semana un antiguo, llamémosle rollete-flirteo-amigo (cómo odio todas las acepciones del término), que tuve, ha escrito en mi facebook que su señora se está aficionando a mi blog. Me ha hecho recordar un tormentoso pasado cuyos pormenores relaté en mi querido diario. Digamos que cuando lo pienso, me digo, ¡pero qué majadera eras, nena! Me lo digo bastantes veces, sobre todo en materia del amor.
Y es que amigos, ese gran tema de las relaciones entre sexos es el que más quebraderos nos causa tiempo después. Por lo menos a mí. ¿Por qué me tiraría cinco preciosos años de la flor de mi juventud con aquel melón con ínfulas de Christopher McCandless? ¿Y por qué me colaría por ese granudo sin cerebro? ¿por qué miraba con cara de cordero degollado a ese rubio engreído que se las daba de campeón de esgrima? Espero por mi bien que ninguno de ellos ose leer este blog, aunque, bien mirado, por entonces ya perdí parte de mi reputación, así que a estas alturas de la vida, ¿para qué andarnos con respetos?


El caso es que una noche memorable entre primos hace ya un par de meses, nos dio por contar las mayores vergüenzas de nuestro historial amoroso. Ese tipo de anécdotas que al recordarlas uno se muere de vergüencita propia y se pone a leer cualquier libro con tal de olvidar el asunto.
Conviene matizar que mi primo acababa de contarnos una penosa historia en la que su novia le plantaba en mitad de un viaje tras haberle propuesto matrimonio, así que venía al caso. Se trataba de animarle la moral y hacerle ver que en cosas del amor todos perdemos un poco la decencia.


El hecho me sirvió para sacar varias conclusiones. Tardías, cierto es, dada mi condición de patata casada, pero que seguro que a alguien le valen aunque sea a mi futuros retoños, que por mis rizos no vuelven a cometer mis errores.
A veces me gustaría volver al pasado y decirles unas cuantas cosas a esos mandraganes con los que me he cruzado en el camino, o pedir perdón a otros cuantos con los que no fui del todo buena, ganar tiempo que perdí o enmendar ciertas actitudes absurdas que ahora me hacen sonrojar. Pero quizás entonces, ahora no sería yo.
Porque, admitámoslo, una de las cosas que más remordimientos suscita frente al pasado es la de chorradas amorosas que hemos hecho, pero... ¿no son esas chorradas, las que luego dan vidilla a los recuerdos? Por lo menos, en aquella noche, a nosotros nos hizo reír. ¡¡¡Y como!!!
Pd: todas las situaciones ilustradas son reales, tan reales, que puede que alguno se sienta identificado como un personaje más. Si es usted uno de ellos, déjelo, no comente y haga como si no hubiera pasado nada...




























